Cuando salimos al supermercado, o a hacer las compras
en cualquier establecimiento comercial, no somos rivales. Me refiero a quienes
solemos llamar chavistas, oficialistas o vinculados al gobierno – presuntamente
ubicados de un lado del país – y los que se denominan o suelen llamarse
opositores, antichavistas o cualquier otra etiqueta – colocados, falsamente, en
el extremo contrario de los otros -. No somos rivales porque, sencillamente,
pagamos con la misma moneda, en las mismas condiciones inflacionarias, los
mismos productos que la escasez y la especulación nos permiten adquirir. Allí
no somos rivales, en ese momento cuando enfrentamos la caja registradora y nos
dicen “son 2 mil 300 bolívares” y miramos el carrito y sólo hay “tres
bolsitas”. Allí somos iguales. Iguales, igualitos.
Tampoco somos rivales, ni especies diferentes, cuando
salimos a caminar por la ciudad y un par de tipos nos apuntan con una pistola y
nos quitan todo lo que cargamos encima. Allí no hay distinciones: la
delincuencia, sépalo de una buena vez, no ve diferencias.
Tampoco somos distintos cuando – Dios no libre –
tenemos un accidente y vamos al hospital. Allí la sangre es del mismo color y
al aliento de vida lo sostienen los mismos hilos. Le imploramos y rezamos al
mismo Dios y si no nos escucha derramamos las mismas lágrimas, iguales,
igualitas.
No somos rivales, no somos distintos, cuando vamos a la
funeraria. Ni al cementerio. En esos lugares la democracia suele gobernar o al
menos un sistema justo donde todos, más allá de las flores plásticas o las
naturales, terminarán en polvo.
Nos parecemos mucho, demasiado, cuando se va la luz en
nuestra cuadra o cuando la buseta no pasa temprano. Tampoco nos diferencia el
funcionario matraquero, que ante la taquilla del organismo nos pide el pago de
un peaje injusto por hacer lo que el Estado le paga. No somos rivales o, más
bien, no deberíamos serlo, porque, en esta vida somos demasiados parecidos:
jugamos para el mismo equipo, usamos la misma gorra. Son otros los que nos
quieren separados.
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