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lunes, 4 de mayo de 2015

El Seminario se lo merece



Un aspecto de la fachada principal del edificio diseñado por Manuel Mujica Millán, sede del histórico Seminario San Buenaventura de Mérida.


En una nota informativa que nos llegó de parte del departamento de prensa de los amigos de Mukumbarí, se nos hace saber que la recuperación de la calle 25 y de la calle que comunica al Seminario San Buenaventura con la Estación Los Conquistadores (del Trolcable) va a ser objeto de recuperación o rescate urbano.

Si bien la nota no entra en mayores detalles sobre este punto, creo que es digno mencionar la posibilidad de que se concrete algún proyecto de recuperación de la fachada del Seminario, como edificio emblemático de la arquitectura y la historia de Mérida.

Ya en un anterior post habíamos comentado lo interesante que sería integrar la Estación Barinitas (la entrada fundamental a nuestras cumbres) a un concepto de “Complejo Turístico” que atara El teleférico, el Trolebús, el Trolcable, la plaza de Las Heroínas, el bulevar de Amador, el nuevo bulevar de la calle 24 y el Seminario San Buenaventura… Si es así  !qué bien!


domingo, 4 de mayo de 2014

Patrimonio y protesta





Sé que cuando estalla la rabia de la sociedad, las solicitudes que apuntan a evitar el daño a los bienes públicos, a los servicios e incluso a la propiedad privada, son tomadas como necedades e incluso se llega a ver tal oposición en  contra de destruir el mobiliario urbano como una sospechosa petición, tal vez hecha por alguien opuesto al reclamo popular.
Pero algunos deben pasar el mal rato de ser los aguafiestas de la anarquía. Yo me cuento entre esos que no justifican que para solicitar un aumento de sueldo haya que quemar la empresa que te da el   trabajo. O que para pedir mejoras en el transporte no   se nos ocurra otra brillante idea que quemar un   autobús. O que para exigirle a Corpoelec mejor atención a la calidad del servicio eléctrico tengamos que tumbar unos postes del alumbrado.
Claro, a veces las solicitudes no son tan puntuales.  Cuando se pide, por ejemplo, un cambio en la actitud indolente de un gobierno poco eficiente como el que  tenemos, parece que cualquier cosa a la mano sirve para presionar. Y sin mucho que perder, algunos se lanzan a la destrucción sin sentido, tal como ocurrió por parte de algunos manifestantes poco enterados de que el daño que se le hace a la ciudad, en cualquiera de sus servicios o elementos urbanos, es un daño que tendrá que sufrir no la autoridad a la que se intenta denunciar o reclamar, sino otro semejante, otra persona, a cuya calidad de vida le habremos,  injustamente, restados puntos.
Lo planteado nos lleva al reciente escenario que vivió  Mérida en los meses de febrero, marzo y abril. El   reclamo  - justo en lo que a mí concierne -  tomó  caminos de una inédita violencia urbana, de la cual    fue víctima la infraestructura de servicios, la cual, es  evidente, no se recuperará de un día para  otro.
Semáforos, paradas, postes del alumbrado,   estaciones y unidades del sistema trolebús,  señalización, teléfonos, papeleras, árboles, alcantarillas, bocas de visita, aceras, transformadores  y otras estructuras del sistema eléctrico, busetas,  supermercados, tiendas de comida rápida, centros   comerciales, fueron, entre otras, las víctimas de una    ola de destrucción que, por lo que he percibido de  la opinión  de muchos ciudadanos, no era necesaria, ni tuvo efecto alguno sobre los cambios políticos   solicitados.  No hablo aquí de otras situaciones  - el  tipo  y  estilo de protesta  - para no desviar la  atención puntual sobre el daño al patrimonio de la   ciudad.
En definitiva, la protesta no tiene reparo en usar lo   que está a la mano para hacer que la petición ante  el   gobierno surta efecto: y si eso incluye los bienes   públicos, pues parece que la ecuación es simple o simplista: ¡a por ellos!
No obstante esa predica, no está demás insistir en    la necesidad de reclamar más pero con el menor daño a  lo que es de todos… ¿Es eso posible? Bueno, la  verdad no tengo la respuesta ahora, pero sí sé que la   creatividad de los venezolanos da para mucho, así que ojalá la próxima protesta sea encauzada en formas de acción de las que los demás no se sientan atacados, sin razón ni medida

domingo, 6 de octubre de 2013

Libertad a brochazos






Es bueno establecer las necesarias diferencias entre un grafitero,  que en buena medida contribuye con su arte a darle personalidad a  algunas desnudas paredes de la ciudad, y los “rayadores”,  una especie de individuos cuyo única y obstinada meta en la vida es  escribir incesantemente sus firmas, a manera de garabatos, en puertas, ventanas, paredes y, para que usted vea, sobre los  grafitis.
Una cosa es, pues, por un lado, el arte urbano, que es fiel reflejo  de un trabajo creativo  (clandestino o no) de sus hacedores, y, por otro lado, unas cuantas rayas cuya presencia sólo esconde un inocultable exhibicionismo de su “autor”, cuando no una verdadera postura delictiva, destructora, depredadora.
Por supuesto, también  están  las pintas que canalizan reclamos puntuales y que surgen del fervor de un momento de reclamo o protesta. Éstas  deben tenerse como expresión de sectores inconformes y, por lo tanto, suelen ser parte del paisaje urbano. Son formas de expresión política o ideológica y con su presencia debe lidiarse de manera paciente ya  que no fueron escritas con ánimos de destruir  el patrimonio, sino  como urgente forma de decir, de hablar, de expresarse. Cierto, sus  efectos pueden ser destructivos pero su llegada a la pared, al monumento, a la  calle, estuvieron precedidos por motivos ajenos a una intencionalidad de “rayar  por rayar”.
En fin, dejando a un lado el arte urbano y la pinta como forma de reclamo (que no la burda propaganda electoral), hay una cada vez más notoria agresión a la ciudad a partir de los rayadores de oficio que no dudan  en destruir el patrimonio urbano o menguar la ya de por sí lesionada imagen de la ciudad.
Este no es ni remotamente un problema merideño o venezolano. Casi todas las ciudades del mundo tienen que buscar formas de no desaparecer ante la avalancha de los rayadores.
Por ejemplo, la siguiente nota (tomada de msn Noticias – Chile)  deja claro la magnitud del problema, cuantificada por comerciantes de una importante calle de Santiago. La nota dice así:
“El problema es de gran magnitud y afecta directamente a las finanzas de los cientos de comerciantes que trabajan en el centro de la ciudad. Cansados de ser víctimas de los rayados, muchos de los cuales tienen contenidos ofensivos, locatarios y residentes de la Alameda se agruparon en la Corporación Calle Dieciocho, la cual hizo un registro de cuánta es la inversión hecha para mantener sus respectivos lugares en forma adecuada. Los resultados del sondeo arrojaron que entre 200 comerciantes ubicados en la Alameda, desde Estación Central hasta Plaza Italia, gastaron la increíble suma de $94.941.250  (casi un millón 200 mil bolívares) para mantener limpias sus fachadas.

En el estudio no se tomaron en cuenta los locales comerciales ubicados en las calles perpendiculares a la Alameda ni tampoco bancos y grandes tiendas, pues de haberse tomado en cuenta, las cifras habrían sido mucho mayores”.  Hasta  aquí la nota.
A propósito del problema,  la alcaldesa de Santiago, Carolina Tohá, emprendió un plan que incluye varias acciones puntuales. Por ejemplo, la aplicación de un barniz antirayados que se aplicó sobre todo a edificios históricos como la Casa Colorada (se muestra en la foto de esta columna). Se trata de un barniz transparente que no afecta el color original ni la textura de las fachadas pero ayuda a remover los  rayones que  suelen hacer aquellos que no valoran el patrimonio o para los que su firma garabateada vale más que la integridad de los monumentos históricos. Obviamente el plan incluye mayor vigilancia y multas severas.
El caso es que en Mérida se debe hacer algo concreto para frenar la depredación urbana. En este sentido, ya que se asoma una nueva campaña política, la prohibición a todos los candidatos de usar rayado con aerosoles y pega de carteles en espacios públicos, puede ser un punto de honor. Las paredes no hablan, pero lo agradecerán.