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domingo, 11 de octubre de 2015

OPINIÓN / No somos enterradores de Mérida

Mérida y su amalgama de iglesias y edificios. Fotografía tomada desde la Av.3 / Foto: Adelfo Solarte


Mérida llegó a sus 457 años. Los recibe de pie. Como una ciudad que de alguna manera ha logrado mantener el cordón umbilical que la ata a sus códigos identitarios.

Mantiene, en medio del desconcierto urbano de los nuevos tiempos,  rastros de su génesis que se logran visualizar, opacados tal vez, pero presentes con la suficiente fuerza como para justificar los esfuerzos por rescatarlos y tomarlos como guía de la ciudad futura.

Mérida no se ha estancado. Me ha tocado visitar algunas ciudades del país que en la última década han tenido dificultades para reinterpretarse.

Claro, no todo cambio es para bien, pero una ciudad, que es la suma de la vida humana, no puede quedarse como agua de estaque, sino como agua de río, que fluye y va enfrentando los retos del camino, con caídas, piedras, lluvias, obstáculos, pero que fluye y busca el destino que es el de seguir hacia adelante.
En ese sentido nuestra Mérida, es escenario de transformaciones. Aunque criticadas por muchos, obras como el Trolebús, la radical renovación del Teleférico de Mérida (ahora Mukumbarí), los nuevos bulevares,  los esfuerzos privados que a cuentas gotas se asoman en el perfil de la ciudad, todo ello reporta cambios físicos que hacen de la ciudad una entidad viva, por lo mismo compleja. No hay una ciudad única. La misma ciudad reporta sentimientos encontrados. Es parte de su ser.

Aún más dramáticos son los cambios humanos. ¿Será que se ha perdido la merideñidad? Y para saber si se ha perdido o no… ¿Qué es eso de la merideñidad?

Dicen los que investigan los fenómenos urbano-merideños, que en esa merideñidad hay elementos que no debemos dejar perder como, por ejemplo, el respeto, la caballerosidad, la cordialidad, un marcado sentido religioso, una pasión por las tradiciones construidas durante siglos, una inclinación hacia el saber, la academia, las luces. Son virtudes conjugadas en plural, de acento colectivo. Y por ellas hay que luchar porque, integradas a los cambios físicos de la ciudad, constituyen (o más bien restituyen) la posibilidad de ver una ciudad cambiada pero con una personalidad definida.

Pero debemos insistir en la ciudad que cambia, que se transforma, que crece, que no es estática. Podríamos decir que en esto de ver a la ciudad hay dos bandos: los que consideran los cambios como un daño en sí mismo a las virtudes urbanas, y los que estiman que la ciudad puede cambiar pero lo que no puede es traicionar su identidad. Pudiera hablarse incluso de un sector menos apegado a las tradiciones, ese que considera que la ciudad es un hecho de la gente que la hace y que si ese conjunto humano se da una ciudad sin alma, esa es la ciudad que tendrán.

Y es que, insistimos, no existe una ciudad. Puedo decir mi ciudad y en esa expresión recoger mis puntos de vista, los que pueden ser diametralmente opuestos a los de aquel que está a mi lado. Hay una “mi ciudad”, pero que depende de “nuestra ciudad”.

En todo caso, vuelvo, en la Mérida que veo como “mi ciudad” hay suficiente fortaleza como para justificar la lucha por hacerla mejor. Incluso, y esto puede sonar a paradoja, aquellos más acérrimos que intentan encontrar un camino para volver a la Mérida bucólica de décadas atrás, hay la convicción de lo rescatable. Es decir,  nadie salva a un cadáver. Se salva, o se hace el intento, a aquello que aún sigue vivo.


No somos, pues, enterradores de Mérida. Somos parte de los que escuchan su respiración e intentamos descubrir en su semblante una sonrisa vital. /Adelfo Solarte

domingo, 15 de septiembre de 2013

Hiroshima: progreso desde las cenizas





La semana pasada mencionamos el caso de una ciudad ejemplar ubicada en Alemania. Se trataba de Dresde, actualmente una encantadora urbe que demuestra con trabajo e ingenio que un feroz bombardeo no alcanza a detener los deseos de progreso de un pueblo.
En medio de tantos problemas que cargamos a cuesta en nuestras ciudades (recolección de desechos, inseguridad, violencia, deterioro del patrimonio, precariedad de los servicios públicos, entre otros) es bueno saber que ciudades que hoy vemos convertidas en ejemplos de buen vivir, sortearon en el pasado situaciones inimaginables que sorprenderían por lo crudo. Y sin embargo, allí están esas ciudades: de pie, como ejemplos de que no hay problema que  no pueda ser superado por el deseo de los ciudadanos.
Hiroshima, es, con mucho, el ejemplo más palpable de lo que comentamos. Ver la ciudad hoy, para alguien que no esté enterado de la historia, supone encontrarse con una metrópolis moderna, eficiente y próspera.
Y sin embargo Hiroshima fue escenario del primer bombardeo atómico de la historia, el 6 de agosto de 1945, en el final de la Segunda Guerra Mundial. Cifras: 120 mil muertos, 360  mil heridos, 90% de la ciudad hecha escombros.
Hiroshima no enterró su pasado. Su principal monumento urbano es un edificio en ruinas, recuerdo del ataque atómico. Cada día tal vez la gente se acuerde del bombardeo nuclear. Pero esas cicatrices han sido cambiadas por trabajo y esfuerzo. La ciudad es el resultado de la voluntad de sus habitantes.