martes, 2 de junio de 2015

Campaña contra la ciudad





Las caras sonrientes de algunos candidatos comienzan a poblar las paredes de la ciudad a propósito de las venideras elecciones parlamentarias.
Ya me lo temía: una campaña más, mismas formas de acercarse a los ciudadanos a partir de la destrucción de los bienes públicos.
En tiempos de redes sociales hiperactivas y toda suerte de artilugios tecnológicos para acceder a éstas, los candidatos venezolanos, tanto de oposición como los del oficialista, insisten en los grafitis, los afiches pegados a paredes, postes y otras estructuras urbanas, como si en el uso desmedido de esos carteles, colocados como en un frenesí de pega y papel, estuviera asegurado el acto de congraciarse con los electores.
Ya sabemos que las normas electorales poco o nada se cumplen. Hay algunas que indican, por ejemplo, que los recintos educativos, es decir las escuelas donde estudian nuestros hijos, no sean usados para la colación de propaganda electoral. Pues esa norma, ciertamente nítida en cuanto a los límites para el festín proselitístico, también es violentada.
Pero es que, pienso y escribo yo, la prohibición de usar carteles y pintura debería estar totalmente prohibida para bien del ornato de la ciudad.
Es decir, esa manía de colocar 50 carteles uno tras otros, apiñados en una pared o una parada del transporte, no tiene razón de ser por al menos dos razones: primera, comunicacionalmente hablando, no es mucho lo que aportan y, segundo, retirar tales carteles o grafitis entraña un alto costo para la ciudad y para los particulares afectados (comercios o residencias).
Desesperados, algunos candidatos aferrados a las desgastadas formas de hacer política, y por lo mismo campañas, lanzarán un grito al cielo para decir que sin ese ataque desmesurado sobre la integridad de la ciudad ellos no podrían ofertarse como fichas para una diputación o cualquier cargo público. Pues que griten y pataleen. Es bueno decirles a estos señores que si la política ha cambiado, pues es obvio que también evolucionen las formas de hacerla. Y en esto la campaña electoral, reenfocada a partir de evitar los daños a la ciudad, debe ser una parte de la propuesta de los candidatos. Digamos que si los candidatos destruyen los bienes públicos para decirnos que quieren trabajar por nosotros, estarán enviando un contradictorio mensaje a los posibles electores.

Usen los mensajes de textos, las llamadas telefónicas, el Facebook, el Twitter, el WhatsApp, el correo electrónico, la visita casa por casa, los mensajes de radio, la televisión, los espacios informativos en línea, el volanteo respetuoso, el material POP, la música… En fin; hay mil caminos para llegar al corazón de los electores pero esa senda no debería incluir la destrucción del ornato con la colación desmedida de afiches y grafitis. ¡Por favor!

Servilletas para los nuevos tiempos



Pase por el supermercado el fin de semana en un nuevo intento por conseguir alguno de los productos que solo existen en los improvisados mostradores de los bachaqueros.

En mi recorrido por los pasillos llegué a la sección de uso personal. Allí, entre la crema dental, el enjuague bucal y una que otra loción hidratante, se encontraban colocadas, como piezas fuera de lugar, las servilletas, otrora ubicadas en la sección de cocina, hogar o la de los utensilios vinculados con la mesa.

Que las servilletas estén en la sección de uso personal no es más que la constatación de la crisis con respecto a la desaparición de algunos productos importantes en la higiene, como, por ejemplo, el papel sanitario o papel toilet (papel “tualé” en nuestra cotidiana pronunciación).


Se trata pues, del mismo producto (las servilletas) pero cuyo uso, por un acuerdo tácito entre vendedores y compradores, ha bajado unos centímetros de la boca para ir a parar allá, a esa parte del cuerpo donde la espalda pierde su nombre. 

Bueno, el asunto no debería sorprender si tomamos en cuenta que otros productos hecho de papel, hace rato empezaron a tener en Venezuela un destino menos sublime para el cual habían sido elaborados inicialmente. Periódicos, papel absorbente entre otros. De allí que ahora tengamos, pues, servilletas para los nuevos tiempos.


lunes, 25 de mayo de 2015

¿Quién se robó el acelerador?



Quien visite la ciudad de Mérida podrá comprobar algo concreto, palpable, que no deja lugar a dudas: en Mérida las autoridades de gobierno (sea éste central, regional o municipal), están construyendo. Es decir, se ven, en ejecución obras de interés público. Incluso, con las limitaciones que el drama y el mal manejo económico del país impone, también hay varias estructuras del sector privado que se abren paso en esta pequeña pero acogedora urbe andina.
Obras importantes: el Teleférico de Mérida, el Sistema de Transporte Masivo Trolebús, el Bulevar de la calle 24, el distribuidor Juan Félix Sánchez, varios urbanismos (en Las Américas y en Los Próceres).
Todo esto coloca a la ciudad de Mérida en una situación que dentro del contexto nacional, se torna como envidiable, si tomamos en cuenta que en algunas urbes importantes del país no hay asomos de proyectos del calibre que muestran las iniciativas públicas en Mérida.
Nunca hemos sido mezquinos como para ocultar esta realidad, ya comentada en varias columnas en este mismo espacio. Decimos lo que se hace, intentamos expresar las observaciones de lo que parece no estar bien hecho, exaltamos los esfuerzos pero, definitivamente, no somos indolentes ante los retrasos.
Porque el hecho de que Mérida sea el escenario de obras importantes, de las que podemos realizar más adelante un más detallado catálogo (invito a leer la página www.skyscrapercity.com, en la sección Ciudades de Venezuela, Mérida) implica también un necesario seguimiento ciudadano de tales proyectos. Y allí nosotros, desde nuestra humilde opinión, intentamos, con respeto, advertir cuando un proyecto excede no la fecha que algún criticón saca a relucir sino las propias fechas que el gobierno públicamente asume para tales compromisos.
Tomemos un ejemplo de lo que pasa no en la ciudad de Mérida sino en la pujante capital del municipio Alberto Adriani, El Vigía.
El 15 de agosto del año 2013 (hace casi 2 años) se inició la construcción del nuevo puente sobre el río Chama (el actual está sobresaturado).
La nota, tomada de los archivos afirmaba que – a partir de aquí la reproducimos in extenso - “Este jueves (15 de agosto de 2013), se iniciaron los movimientos de tierras en el área en la que será construido el estribo este del puente sobre el Río Chama, en El Vigía, estado Mérida, informó este jueves el ministro El Troudi durante un contacto con Diálogo Bolivariano, programa que dirige el presidente Maduro. El ministro para Transporte Terrestre, Haiman El Troudi, explicó que el proyecto contempla la edificación de todo un sistema vial, que incluirá 35 kilómetros de nueva vialidad, distribuidores y vías de conexión. “A partir de este momento la obra ha arrancado, estamos en la fase de movimiento de tierra para la construcción de los estribos que es el punto desde donde comienza a proyectarse el puente. Además de forma paralela se irán construyendo toda la vialidad que le he comunicado: más de 35 Km. Esperamos tener todo el proyecto finalizado en 24 meses, 2 años. Tanto el puente, como los 5 distribuidores como las 5 vías de enlace como la vía perimetral de El Vigía, informó el Ministro” (Fin de la cita).
Hace una semana pasé por el elevado de Iberia, que forma parte de ese conjunto de obras anunciadas por el Ministro. Va bien el distribuidor, para qué negarlo. Pero ¿Va este proyecto al ritmo indicado por las propias autoridades? A casi dos años del inicio del proyecto, está claro que el segundo puente sobre el río Chama no estará para la fecha.

Agradecemos, como no hacerlo, que Mérida siga siendo escenario de importantes proyectos, anunciados, en ejecución y algunos (unos pocos) terminados en toda su extensión. Pero pedimos colocar el pie en el acelerador de los compromisos. 

Mentalidad “bachaquera”


Sorprenden los precios a los que pueden llegar algunos productos en el mercado negro, de la Venezuela de hoy, organizado y abastecido por los llamados bachaqueros. El sábado pregunté por un empaque que contenía 3 jabones de baño de una famosa marca. “320, aproveche que se acaban”, me dijo el vendedor sin atisbo de recato ante semejante robo.

Muy cerca de allí una señora bachaquera se ufanaba de haber vendido el día anterior “cuatro bultos de papel higiénico. Cada paquete de cuatro rollitos los vendo en 400 bolívares. Y vienen más caros”, me contó orgullosa de regentar un negocio, por lo visto, redondo.


El bachaquero cree que se hace rico. Disfruta de vender 500% o 700% por sobre el valor regulado. Se frota las manos. En su visión bachaquera, se le olvida que ese dinero que obtiene de manera fácil lo tendrá que usar en un país en el que otros están esperando la oportunidad para asestar, también,  el cobró exagerado. Lo que come y usa el bachaquero tiene el sello de la inflación letal. No sé de qué se ríe el bachaquero.

lunes, 18 de mayo de 2015

¿Qué hacer con los buhoneros?





Cuando vemos una estampa turística que nos llega de algún lugar exótico del mundo, pareciera que la presencia de vendedores ambulantes, tarantines, improvisados mesones y otras imágenes de los mercados de pulgas, constituye una “típica” situación, lo cual justificaría que por estos lares tengamos nuestras propias expresiones de la economía informal, es decir, nuestros buhoneros.
Pero esa es una falsa imagen a lo interno. Una cosa es un mercado de pulgas con medio siglo de antigüedad perdido en un remoto país oriental, a una ciudad en la cual no hay espacio en las aceras porque los vendedores las han tomado para ofrecer cualquier producto que les permita una fuente mínima de sustento.
Además, echemos un vistazo a los productos que podemos conseguir en una típica calle del centro de Marruecos, por ejemplo, a los productos que nos ofertan los vendedores de una calle en las aceras de Mérida: por allá cueros artesanales, tejidos y orfebrería que transmite el trabajo artesanal de siglos de tradición. En lo que a nosotros respecta, nuestros vendedores se concentran en forros para celulares, cigarrillos, ropa traída de cualquier país cercano, sostenes y chucherías…
En pocas palabras: no debemos caer en el juego – muchas veces propuestos por algunos burócratas de algún ente de gobierno que buscan justificar lo injustificable – de confundir la desesperada expresión de un problema económico (como tal en buena parte de nuestra economía informal) con las imágenes de mercados artesanales que van de la mano de un escenario típico en otras latitudes.
Porque los buhoneros de nuestras ciudades son personas que buscan ganarse la vida a falta de mejores oportunidades en la estructura formal de la economía, bien sea en las empresas o instituciones de gobierno, como en el aparato económico promovido por el sector privado.
Hay que tomar en cuenta que antes de que el actual gobierno arribara al poder ya Venezuela exhibía preocupantes signos de deterioro económico. Por ejemplo, en 1999 la informalidad en el país era de un 55 por ciento, versus un 42 por ciento actual, según cifras que maneja el gobierno nacional a través del Instituto Nacional de Estadística (INE). Es decir, se ha logrado frenar el crecimiento de la informalidad e incluso se han bajado significativamente los porcentajes (ojo: a partir de las cifras que nos ofrece el gobierno).
No obstante los avances,  esos casi 6 millones de venezolanos que todos los días salen a las calles a ver cómo resuelven el día (no la semana, ni el mes, sino el día, esas 12  horas que van desde que el sol alumbra hasta que cae la noche) siguen colocando los planes de reducción y control de las ventas informales en ámbitos urbanos como un ejercicio parecido al de arar en el mar.
Mérida es buen ejemplo de esas iniciativas frustradas. Desde que Fortunato González fue electo en 1989 como el primer alcalde de la ciudad de Mérida, han pasado siete alcaldes en ese lapso de 25 años de vida ciudadana que han corrido hasta estos días de 2015.
Me imagino que cada uno de estos alcaldes cuando revisó las condiciones de la ciudad concluyó que algo había que hacer con tantos buhoneros.
En la mayoría de los casos hubo una aparente bien intencionada política de “sacar a los buhoneros de las aceras”. Los planes incluían hacer un censo previo para saber cuántos buhoneros existían en total. Esa revisión además indicaba el tipo de mercadería que expendían en las calles, los años de labor en lo que los comerciantes llaman “el punto”, la situación socioeconómica de los buhoneros (edades, sexo, número de hijos, estudios realizados). Finalmente las soluciones siempre terminaban en la búsqueda de un terreno para la construcción de un espacio para los comerciantes y la solicitud de abandonar las calles para irse a sus nuevos locales. Esto último nunca se cumplía y si ocurría era una mezcla extraña de situaciones en la que el comerciante informal prefería seguir en la calle – más rentable y de venta segura - y alquilar o vender el local otorgado por la municipalidad.
Así, tenemos varios mercados organizados y construidos en la ciudad y la misma o mayor cantidad de buhoneros en la calle. En fin, el problema sigue sin resolver.

Vale recordar que – según el diario El Universal - de acuerdo a las cifras oficiales, sólo en 2014 dejaron de existir 58 mil empleadores y en 12 años 153 mil. En 2000, había 499 mil patronos privados y hoy apenas sobreviven 345 mil. Esto ligado al cerco regulatorio que enfrenta el empresario local, los controles de cambio y de precios, que han frenado la expansión del sector, crea las condiciones para que cualquier persona se plantee sumarse a la lista de la economía informal. Esa presión va a parar, indefectiblemente, a los espacios públicos de las ciudades, que deben lidiar con la expresión más conflictiva del problema.

Heroínas vivas


La Plaza de Las Heroínas, gracias al buen trabajo que realiza Mukumbarí, ha pasado a ser uno de los mejores espacios urbanos para compartir en familia y para encontrarse.

Esta nueva etapa de Las Heroínas se ha sustentado en la presentación de todo tipo de actividades culturales, en brindar seguridad y en un espacio armónico, desde el punto de vista del ornato.

Es menester felicitar la constancia de quienes llevan adelante el mantenimiento y el contenido cultural que nos brinda cada semana la Plaza de Las Heroínas. Esta iniciativa habla de una ciudad viva.


domingo, 10 de mayo de 2015

Desperdiciamos el aeropuerto



Hace pocos días tuve que ir a visitar a un familiar hospitalizado en el quinto piso del Instituto Autónomo Hospital Universitario de Los Andes (Iahula). Mientras cumplía con la visita, en un momento tuve tiempo de asomarme por la ventana de la habitación que mira hacia la avenida 16 de septiembre. Apareció ante mí una vista inmejorable del aeropuerto de Mérida y de una buena parte de nuestra hermosa ciudad de Mérida.
Comenté que a la persona que hacía compañía a mi convaleciente familiar que la vista era maravillosa y que debía ser un gran entretenimiento ver ir y venir a los aviones. La persona se asomó por la ventana y luego me miró y me dijo: “¿Aviones…? Hace rato que no despega uno”.
Claro: dentro de nuestra inocencia ciudadana – y la de muchos – se nos olvida que el aeropuerto Alberto Carnevali es una estructura solitaria, silenciosa, vacía.
Que los aviones privados que eventualmente despegan sólo sirven para acentuar la incongruente realidad de tener una terminal inoperante.
He comentado más de una vez en este espacio de reflexiones que no estoy de acuerdo con cerrar el aeropuerto de la ciudad de Mérida, o restringirle las operaciones a partir de supuestos totalmente fuera de lugar, desde el punto de vista de los avances de la aviación y por ende de la seguridad aérea.
Pero recuerdo dos de esos argumentos. El primer supuesto en contra de nuestro aeropuerto de Mérida es que éste no puede operar porque está “demasiado metido en la ciudad”.  ¡Vaya argumento para sostener un cierre! Sólo basta con echar una mirada a ciudades como Nueva York en la que no hay uno sino tres aeropuertos, y no son modestos aeropuertos, sino terminales internacionales (el Aeropuerto Newark – también llamado Libertad -, el aeropuerto LaGuardia y el famoso Aeropuerto Internacional John F. Kennedy). Juntos esas terminales mueven más de 110 millones de pasajeros al año en una de las aéreas urbanas más densas del mundo.
Entonces… ¿No se puede abrir el aeropuerto de Mérida porque hay viviendas a su alrededor?... Pues no parece ese un argumento válido si revisamos la realidad internacional, tal como el ejemplo neoyorquino. Claro está: el funcionamiento implica una renovada seguridad, punto éste que es un aspecto accesible para un país como Venezuela y una ciudad como Mérida.
El segundo argumento es que ya existe el aeropuerto de El Vigía y, entonces… ¿Para qué otro? Nuevamente dicho planteamiento, estrecho y poco competitivo, parte de argumentos cuestionables sobre, por ejemplo, el potencial turístico, de movilidad, económicos de un estado como Mérida. Si usted tiene la fortuna de tener dos vacas ¿No sería mejor ponerlas a producir a las dos en vez de sacrificar a una? Y ojo: no estoy en contra del aeropuerto de El Vigía, cuyo potencial se pierde de vista. Pero El Vigía y Mérida son dos realidades y no tienen que competir sino complementarse.
En fin: asomarse por una ventana y ver al aeropuerto solo y vacío, no es nada grato y tampoco es un negocio para la ciudad.

Viene el Teleférico Mukumbarí, se nota que ha aumentado la  construcción de hoteles (hasta 4 terminan en estos momentos). Para esta faceta turística, Mérida, la Ciudad, necesita su aeropuerto en pleno funcionamiento.