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domingo, 16 de junio de 2013

Los ranchos que tenemos






De los ya lejanos años 80 nos llegan los recuerdos infantiles de los inmensos ranchos que simbolizaban el estatus  de sus opulentos propietarios, en los famosos pero interminables melodramas norteamericanos como Dallas, Falcon Crest o Dinastía.
Entonces me inquietaba que algo tan ostentoso como los ranchos propiedad de los magnates petroleros texanos, pudieran llamarse igual que los ranchos a los que nosotros estamos acostumbrados en nuestra realidad venezolana y que son, por decir lo menos, la manifestación más patética de lo que debería ser una vivienda.
El “rancho” de la serie de televisión Falcón Crest era una mansión, con decenas de cuartos, habitaciones cuyo uso era sólo conocido por sus dueños, piscinas, grandes jardines y sobre todo infinitas entradas en los que había que recorrer una calle interna flanqueada por altas palmeras que se mecían con el viento.
Nuestros ranchos eran (y siguen siendo) lo opuesto: cuatro “paredes” de cualquier material de desecho, una puerta, piso de tierra, todo decorado con una profunda desesperanza.
Cuando niño, un amigo del colegio se negaba a que yo lo visitara para ir a hacer las tareas en su casa. El siempre me visitaba y al final de la jornada casi como un fastidio yo terminaba preguntándole cuándo podría visitarlo, una propuesta que más que por curiosidad la hacía por el sólo hecho de lograr la aventura infantil de ir a un lugar distinto a mi casa. Pero Emilio, que sí se llamaba mi amigo, esquivaba la conversación y se incomodaba.
Un día, sin que él lo supiera, fui a visitarlo, con la excusa de un trabajo escolar. Él vivía en el mismo barrio y yo sabía la dirección por algunas referencias. Pregunté a algunos vecinos y me señalaron una estructura que no tenía forma de casa, mucho menos de hogar. Era un rancho.
Me acerqué y grité el nombre de Emilio. De aquella precaria caja de latón oxidado y destartalado salió mi amigo, sorprendido y junto a él varios de sus hermanos más pequeños se asomaron curiosos. Se quedó parado allí con cara de disgusto pero, sobre todo, con una enorme vergüenza reflejada en sus ojos. Allí supe que el rancho era más que varias hojas de latón unidas en un vano intento de esculpir un hogar: era la negación de los sueños, la imposibilidad de tener un poco de privacidad, una ofensa a la dignidad, una marca excluyente, un castigo injusto.
A estas alturas sé que el diccionario le ofrece a la palabra rancho, dentro de sus muchas acepciones, la de choza pobre, descripción que se ajusta en parte a nuestros ranchos y no tanto a la que se usa allá en el norte.
Pero el rancho, nuestros ranchos, significan más. Esos ranchos que se asoman en distintas partes de la ciudad y del estado Mérida, son un peso. Una vergüenza como la que intentaba ocultar mi amigo Emilio. Por eso, erradicar los ranchos debe ser una cruzada de todos, con el gobierno como principal responsable a la cabeza. Una cruzada para acabar con la negación a la dignidad humana.

domingo, 9 de junio de 2013

He visto los ranchos






Hay casas humildes y hay ranchos. Para quien por alguna afortunada circunstancia nos lee fuera de Venezuela, les explico que para nosotros la palabra “rancho” no indica una enorme mansión en el campo, como esas que hemos visto en algún pasaje televisivo de las series norteamericanas. El rancho, aquí, es todo lo contrario: es la mínima expresión de lo que pudiera llamarse una casa, un  hogar para vivir.
El rancho siempre fue ajeno a la realidad merideña. Casas humildes siempre hubo, pero ranchos muy pocos. Ahora los ranchos comienzan a aparecer y llenan espacios donde la naturaleza muestra una de sus caras más hermosas, como en plena comunidad de Santo Domingo – allá en el páramo – o en El Vallecito. Los ranchos se reproducen y eso nos preocupa. Volveremos más adelante sobre este tema.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Apartamentos por allá, necesidades por acá



Todos sabemos que acá en Venezuela se hacen esfuerzos (para algunos no muy afortunados) de construir algo así como un cuarto de millón de viviendas por año (más específicamente entre 250 mil y 300 mil casas o apartamentos). Esto es así porque sólo en nuestro país hacen falta alrededor de tres millones de viviendas para que todo el mundo viva en su propio techo, una aspiración primaria de cualquier familia.
Mientras buscamos corregir semejante desface entre lo que tenemos y lo que necesitamos, nos llegan noticias de otras partes del mundo en donde se han construidos casas y apartamentos pero nadie los habita. Son pueblos y ciudades fantasmas. Esto ocurre con mucha frecuencia en España, Irlanda o China. En este último país existe una ciudad llamada Chenggong donde hay más de 100.000 departamentos nuevos sin ocupar, según escribió en un blog Holly Krambeck, del Banco Mundial, citado por la BBC.
En el caso de China los caballos van delante de las carretas. Se construye antes de que la necesidad se asome. Usted sabe: cosas de la bonanza económica que, no obstante, ahora amenaza a la poderosa economía china  por los efectos de los que algunos caracterizan como una nueva burbuja inmobiliaria.
Lo anterior, no hace más que demostrar que este mundo es cualquier cosa menos justo. Mientras por un lado sobran los apartamentos, en muchos lugares de Africa, Latinoamérica o la misma Asia, familias enteras sólo tienen como techo un cielo sin estrellas.

Lea en este enlace el reportaje de la BBC donde se nos muestra el caso de chino de las ciudades fantasmas.

domingo, 13 de noviembre de 2011

Nada por sentado



Adelfo Solarte

Salud y saludos a todos

Casas muertas

No me refiero a la extraordinaria novela surgida de la pluma de Miguel Otero Silva y en la que quedó retratada la muerte de un próspero pueblo venezolano. Presto el nombre de “casas muertas” para indicar lo que – es mi percepción – ocurre en mente de muchos venezolanos en torno a la posibilidad de llegar a concretar el sueño de tener vivienda propia, un techo que los cobije, la casa de sus sueños.

Porque, vamos a estar claros, poseer vivienda en una aspiración tan genéticamente humana, como lo puede ser el nido para un pájaro. Este ancestral deseo de pisar “tierra propia”, está atado a la idea de seguridad, protección, de refugio.

Por lo anterior, no es extraño suponer que sea la vivienda uno de los temas al cual todo gobernante que se precie de tal, dedique sus mayores atenciones, sobre todo en países como el nuestro, en el que una buena parte de la población presiente que se irá de este mundo sin haber alcanzado esa satisfacción primaria y justamente (de justicia) humana como lo es el hogar propio.

La imagen de la casa muerta como opción, como posibilidad, irrumpe en el imaginario del pueblo cuando el discurso oficial choca con la realidad que circunda el día a día de la gente.

Por ejemplo, pese a que el gobierno ha hecho esfuerzo por activar planes, misiones, estrategias, dirigidas a armar megas proyectos para la construcción de viviendas, el asunto no ha pasado, hasta ahora, de un deseo inacabado, que empieza a revelar a muchos ciudadanos que la posibilidad de que esa intención gubernamental prospere parece estar detenida por la corrupción, la ineficiencia u otras trabas de difícil superación.

Esa constatación de que hay “fuerzas” que se imponen a la estrategia nacional de construcción de viviendas, ha sido aludida por el propio Presidente Hugo Chávez Frías en no pocas ocasiones. Considera el Presidente que esa deuda no ha sido saldada con el pueblo, habiéndose tenido el tiempo suficiente como para, al menos, haber puesto en marcha una acción coherente de construcción.

Porque para solucionar el problema de la falta de vivienda lo único que puede hacerse en construir viviendas, aspiración políticamente no alcanzada no sólo por este gobierno, sino por sus predecesores.

Pero…¿Existe la posibilidad de dotar de vivienda a la gente – sobre todo la más humilde – sin pasar por la acción de construir nuevas casas, nuevos apartamentos…? Da la impresión, en este sentido, que existen sectores en el gobierno que estiman que hay en el país un número de viviendas ya construidas que, sumadas, pueden apuntalar la idea de darle techo al que no lo tiene.

Suponiendo que este deseo de buscar y ubicar viviendas ya construidas sea movido por la más profunda preocupación humana de hacer del poder un instrumento de justicia social, la estrategia comienza a mostrar signos de inalcanzable empresa, ante la reacción natural de los propietarios de esos inmuebles, que ven ahora al gobierno como una especie de Robin Hood de inaceptable presencia en una sociedad regida por leyes y por la existencia (se supone) del derecho a la propiedad privada.

Claro que deben haber miles de apartamentos sólo dedicados por sus dueños a la opción vacacional; otros que han sido convertidos en posadas, hoteles y otras alternativas de la industria turística; miles son alquilados por dueños que poseen varios inmuebles con ese destino, ciertamente mercantil pero no por ello ilegal. Qué existe injusticia en todo esto… ¡Pues claro! Pero la fórmula para saldar la deuda o al menos hacer que el sueño habitacional aterrice parece basarse más en la eficiente acción de construcción de nuevos inmuebles, que en la dura tarea de arrancar esos techos ya construidos y ponerlos encima – en el mejor de los casos – de quien los necesita.


DE LAS PORTADAS

Cultura navideña

Los venezolanos somos amantes del adorno, de las luces. Lo somos porque eso nos refiere a alegría. Por ejemplo, en cada pueblo de la geografía merideña, llegado el momento de las fiestas en homenaje al santo o la virgen del lugar, las calles y casas se acicalan para presentar la mejor imagen ante propios y visitantes. Así somos.

Ahora que viene diciembre, los habitantes de la ciudad de Mérida aspiran un gesto creativo de la alcaldía y de la gobernación, para hacer de Mérida un lugar agradable y vestido de fiesta para el fin de año. Aunque, pensándolo bien, con que arreglen las luces de las calles y avenidas, mucho harían por lograr esa deseada imagen de festividad.


Mi correo está a la orden:

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lunes, 5 de mayo de 2008

Ciudades socialistas ¿Urbanisticamente viables?



Una vez más el presidente de Venezuela, Hugo Chávez Frías, en su más reciente programa radial (transmitido el domingo 4 de mayo) habló del proyecto de construcción de lo que él denomina "ciudades socialistas" a partir de la llamada Misión Villanueva, apellido de uno de los más reconocidos arquitectos venezolanos.

A la par, una vez se han encendido las críticas ante lo que algunos urbanistas estiman un reiterado intento frustrado de darle forma a aquellos principios de las ciudades utópicas que en algún momento del siglo pasado despertaron tanto interés en el mundo.

Básicamente se afirma que estas ciudades no tienen asidero en la dinámica social ya que son producto más de las política que de una realidad que la sostenga.
Parte de la nota informativa sobre la Misión Villanueva dice lo siguiente
"Como parte de la Misión Villanueva, se entregarán casas a 213 familias, de las 6 mil viviendas previstas en el proyecto de Ciudad Lossada, que se desarrolla en Maracaibo.

En el programa Aló, Presidente Nº 310, transmitido desde el Salón Ayacucho del Palacio de Miraflores, el Mandatario Nacional señaló que estas 213 viviendas pertenecen a la primera etapa de la primera fase la ciudad que contempla zonas productivas, hospital, escuelas y áreas verdes.

En la parroquia Ildefonso Vásquez, en el sector Gramoven, de Maracaibo, se encuentra esta ciudad socialista que ofrecerá a la comunidad, que antes habitaba en ranchos de lata y palos, viviendas dignas de unos 72 metros cuadrados".

Si deseas revisar el resto de la información puedes ir a la página de Unión Radio.

Te invito a dar tu opinión sobre este modelo de desarrollo, sobre su pertinencia y viabilidad.