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domingo, 14 de octubre de 2012

El Gobernador que yo quiero





El gobernador que yo quiero, ese o esa que uno dibuja en su mente con mucho de esperanza, debe entender a Mérida. A ver: que entienda a Mérida no necesariamente significa que sea de Mérida (es decir que haya nacido aquí). La partida de nacimiento no debería ser el primer requisito. Entiendo aquello de la querencia por el lar natal, pero hay suficientes ejemplos en nuestra historia que indican que el amor por la tierra no nace precisamente del acta del bautismo, como el amor entre parejas no nace del acta de matrimonio. Ser merideño es profesar amor por esta tierra a partir de los actos y claro está, de los sueños. Obras son amores, así que quien ama hace. Eso es importante.
El gobernador que yo quiero, y vuelvo con lo de entender a Mérida, tiene que tener el don de la paciencia con las solicitudes de su pueblo. Son tantas y tantas promesas acumuladas e incumplidas la mayoría, que quien llegue a la silla de la Gobernación, debe saber escuchar a sabiendas que cuando uno de nosotros, su pueblo, solicité esto o aquello para su comunidad, lo hará empujando las palabras con el corazón, como si fuese la última oportunidad para decir. Paciencia con los deseos de la gente. Y respeto: escuchar para saber dónde y cómo actuar. Atrás que queden las promesas inviables, aunque duela decirlo. Por eso el gobernador que yo quiero debe tener la capacidad para plantarse firme en torno a lo posible. Eso sí: ningún poder, por central que este sea, por la afinidad política que se tenga, puede sacarlo de sus compromisos.
Ese gobernador que yo quiero debe ver el verdor de nuestras montañas y tiene que tener oído para, aún estando en la ciudad, escuchar todos los ríos. Quiero decir que debe ser un gobernador ganado para dar la gran batalla por la defensa de nuestro ambiente y su preservación. Sí así lo hace, estará, de paso, solidificando las bases de nuestro turismo. Y es que la gente viene aquí, en gran medida, por nuestro deslumbrante entorno. Por las nevadas, el frío, la neblina, el olor a pino e incluso por la ardilla que aún se asoma saltarina por los árboles de la plaza Bolívar. Un gobernador “verde”, pero no de envidia, sino de naturaleza.
No necesariamente debe ser un gobernador de toga y birrete pero debe proteger como un caballero medieval a  la ULA y a todo el sistema universitario que nos identifica. Debe ser un padre para los bachis, un amigo para los científicos e investigadores, un aliado de los profesores y un apoyo para las autoridades. Debe convertir las ideas de la ULA en realidades al servicio del pueblo. Sólo debe abrir su mente, espantar a los improvisadores y darle voz a los que saben.
¿Puedo pedir más?.. Bien, el gobernador que yo quiero debe tocar la tierra y debe ponerse el sombrero a las 5 en punto de la madrugada. Debe sorber unas cucharadas de caliente pizca y echarse al hombro el saco que contiene las mejores aspiraciones de los nuestros agricultores. Debe celebrar cuando se da la cosecha y compartir la angustia de nuestros hombres y mujeres del páramo, del Mocotíes o de la Panamericana cuando la tierra nos deja con la mesa vacía.
El gobernador que yo quiero debe subirse a un escenario con nuestros teatreros, debe aplaudir a nuestras orquestas, admirar la obra de nuestros artistas.
El gobernador que yo quiero debe salir temprano y recorrer sin guardaespaldas las avenidas aún desiertas de la ciudad. Debe dolerse con la basura en las aceras, debe molestarse con las paredes sucias y el árbol caído. Debe contrariarse porque hay postes sin electricidad y huecos en las calles, tubos sin agua, casas sin luz. Debe sentir miedo cuando sale tarde y debe atravesar el peligro de las calles tomadas por la delincuencia.
El gobernador que yo quiero… ¿Se parece al gobernador que tú quieres?

domingo, 26 de febrero de 2012

La magia de una ciudad es que piense en la gente

NOTA: Este material es parte de mi columna semanal Nada por sentado publicada todos los lunes por el Diario de Los Andes: www.diariodelosandes.com.

Para Mérida los días de febrero son días de turismo. De ver a miles de visitantes que llegan a la ciudad a pasar el carnaval o a sumarse con los citadinos a las actividades de la Feria del Sol, evento este que, como sabemos todos los que acá vivimos, provoca el apoyo de unos y el rechazo de otros.

Los visitantes, aparte del dinero que le inyectan al aparato turístico, resultan ser excelentes termómetros para medir el grado de “humanidad” de la ciudad, en tanto espacio urbano.

Me explico: los que acá vivimos, metidos como solemos estar en nuestra cotidianidad, muchas veces pecamos por críticos acérrimos de lo que tenemos, asunto que no pocas veces resulta de una tremenda injusticia para con Mérida. Otras veces alabamos un supuesto bienestar que tal vez no exista.

Claro: quien padece la vida diaria de la ciudad – o quienes la disfrutan – son los primeros llamados a considerar la verdadera dimensión de temas como el transporte, la seguridad, la limpieza, los servicios en general. Pero una mirada externa, de quien no ha cultiva afectos o rechazos, puede ser bien significativa.

En ese sentido, la ciudad de Mérida logra salir, regularmente, bien parada ante la crítica de los turistas quienes suelen resaltar en sus comentarios el transporte público bien organizado, con buenas unidades y una frecuencia efectiva. Hablan de la seguridad y del buen estado de las vías, incluso de la limpieza y el ornato en parques y espacios públicos. Esa visión, claro está, puede ser o no compartida.

Si los turistas provienen de otras ciudades venezolanas es seguro que el resultado de la percepción hacia Mérida sea – casi siempre - positivo, tomando en cuenta que, en general, la mayoría de nuestras urbes adolecen de servicios de calidad.

Sin embargo, la medida del bienestar de la ciudad, o de la disposición o configuración de los servicios en torno a un criterio positivo, radica, fundamentalmente, en cuantos detalles estén pensados en la gente. Más que las palabras, son las obras, en su medida humana, las que hablan a favor de Mérida o de cualquier otra urbe.

Un ejemplo de una sola obra que delata una visión “humana” de la ciudad (pese a la perogrullada sobre la relación “ciudad” y “humana”) es el caso de las escaleras eléctricas instaladas en un barrio pobre de la ciudad de Medellín.

Según una nota de prensa “la barriada de Las Independencias I – en Medellín - es el primer sector urbano del mundo en el que han sido instaladas unas escaleras eléctricas al aire libre como solución a los problemas de movilidad de las personas.

Las 12 mil personas que habitan la zona disfrutarán los seis tramos dobles que han reemplazado a los 350 escalones de cemento que debían recorrer a diario para sus actividades de rutina”.

La nota agrega que “en Las Independencias I, que es uno de los veinte barrios de la conflictiva Comuna 13 de Medellín, hay casos patéticos de vecinos "confinados" en sus domicilios por su edad avanzada o condiciones de discapacidad. La funcionaria dijo que son casos de personas que "no pudieron volver a salir de sus casas porque, sencillamente, no tienen forma de hacerlo".

En fin: una obra alejada de las avenidas suntuosas y llevadas a la intimidad de los habitantes de un barrio. En este caso, más de 5 millones de dólares dedicados a que la gente se sienta atendida. ¿Tenemos nosotros ejemplos de acciones que ilustren la mentalidad cívica de los que llevan las riendas de la ciudad? De eso hablaremos en una próxima columna.

Para más información sobre las escaleras de medellín les invito a revisar esta nota y video de la BBC.

lunes, 23 de enero de 2012

El estándar de Mérida



NOTA: Este material es parte de mi columna semanal Nada por sentado publicada todos los lunes por el Diario de Los Andes: www.diariodelosandes.com.



Luego de más de dos décadas viviendo en la ciudad de Mérida, puedo afirmar, en base a la experiencia, lo que fue una percepción inicial durante mis primeros meses como “ciudadano merideño”.
Aclaremos el punto: cuando, proveniente de Maracaibo, llegué a Mérida, allá en 1991, observé que estaba arribando a una ciudad con unos estándares más elevados en cuanto a calidad de vida. Debemos recordar que la Maracaibo de hace 20 años era una caótica aglomeración de más de un millón de habitantes (hoy son más de 2 millones 800 mil personas) con muy poco que ofrecer en cuanto a ornato, servicios públicos e incluso infraestructura.
Por su parte, la Mérida de hace 20 años atrás si bien precaria en cuanto a la monumentalidad de una ciudad (digamos que modesta en cuanto a sus pretensiones de urbe), era un espacio donde la belleza de los parques, la limpieza, el tránsito, el entorno natural, el clima y el trato de los habitantes, se conjugaban para enamorar a cualquier visitante.
Por eso, era sorprendente escuchar a los habitantes de Mérida quejarse de la inseguridad de Los Curos, calificando el lugar como “zona roja” cuando lo que uno veía – como recién llegado a la ciudad – era una agradable comunidad con uno que otro malandro pero muy lejos de las bandas y la violencia de ciertos sectores de Maracaibo. Ni que decir de lo que pensaría un caraqueño, un valenciano, o un maracayero, por nombrar sólo algunos de lo que venían a Mérida y notaban un remanso de paz donde los propios merideños veían un desastre en cuanto a la seguridad.
Así eran también las críticas locales para con la limpieza de la ciudad: “Mérida es un desastre…Hay basura por todos lados…La alcaldía no sirve”. Y uno miraba y comparaba a Mérida con su ciudad de origen y lo que veía era una comunidad sino perfecta, al menos bastante limpia y ordenada. Con el transporte público lo mismo: “Los buses están viejos, se viaja incómodo, no pasan a la hora…”, criticaba el merideño autóctono…Y, nuevamente, uno se acordaba de los buses de su ciudad de origen y pensaba: “¡Pero bueno! ¿qué tanta crítica si aquí el transporte es muy bueno?”.
El estándar de los merideños era elevado para con la calidad de vida que aspiraban de su ciudad. Y pienso que todavía se mantienen ciertos rasgos de aquel ideal que animaba a los habitantes de Mérida, hace dos o tres décadas atrás.
Es decir, pienso que aún existen suficientes ciudadanos que exigen a las autoridades alinearse en torno a un estándar que tal vez sea uno de los más altos de ciudad venezolana alguna.
Lo digo porque apenas en diciembre pasado viajé a Maracaibo a visitar a mis padres y familiares. Pude pasear bastante por esa enorme y calurosa urbe y aunque la metrópolis ha mejorado en cuanto a infraestructura y ornato, aún es posible observar la existencia de dos o tres “maracaibos”: una, la que se asemeja a Miami, con sus comercios, vialidad, mobiliario urbano y servicios modernos y eficientes; otra, la que subsiste entre calles llenas de huecos e inseguridad brutal y otra, la que sencillamente te transporta a los barrios más inhóspitos donde no hay calles, las aguas negras circulan como ríos y donde niños desnudos y harapientos juegan entre cerros de basura.
Mérida tiene aún un tamaño, un “formato urbano” que, pese a las limitaciones para con su crecimiento, es una camisa de fuerza para evitar desbordes poblacionales que hubiese degradado aún más la calidad de vida.
Pienso que Mérida sigue exigiendo calidad de vida en una proporción que los habitantes de otras ciudades verían como exagerado. Visitantes que ven a Mérida limpia, ordenada y hermosa cuando nosotros (y en este caso hablo ya como merideño) pensamos que hace falta mucho por hacer en limpieza, seguridad, ornato, servicios, transporte y vialidad. Es un estándar que no debemos pender porque de hacerlo condenaríamos a Mérida a ser una ciudad conformista, que celebra cuando le recogen la basura o grita de alegría cuando tapan un hueco en la calle.

sábado, 26 de abril de 2008

La Comunicación para lograr sostenibilidad



Como periodista me importa que la comunicación pase a tener un rol más protagónico en el manejo de la ciudades. La gestión, para lograr el desarrollo sostenible, por ejemplo, debe pasar por definir el papel de la comunicación. En esta presentación de manera breve, exponemos parte de tan amplio tema.

sábado, 19 de abril de 2008

La hora de la participación



Cuando los vecinos debaten








La participación ciudadana sigue siendo un anhelo en las sociedades modernas. Se ensayan mecanismos que puedan garantizar que los ciudadanos puedan decidir sobre los asuntos que los afectan. Esta nota nos presenta una experiencia en Argentina.