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domingo, 7 de diciembre de 2014

El paseo de la basura



Suscribo las siguientes líneas, exactamente dos años después de haberlas escrito. Me duele que poco haya cambiado la situación… Dice así:
Una conocida profesora de la ULA recibió hace unos días a unos investigadores que vinieron de Europa, en una visita académica a nuestra ciudad. Los atendió, fueron de aquí para allá, concretaron las reuniones que debían cumplir y finalmente los despidió. Al final esta amiga exhaló como quien contiene por un largo rato la respiración: “Yo dije: por fin se fueron. Era que se me caía la cara de vergüenza por lo que tuvieron que ver, oler y sufrir en Mérida durante esos tres días. En verdad sentí una gran pena ajena”, confesó la profesora aún contrariada.
Por supuesto que la historia es real. Y en una ciudad que se pretende turística como Mérida, esa pena ajena la debemos sufrir a cada rato, porque todos los días transitan nuestras calles no sólo turistas nacionales, sino muchos internacionales que, por suerte, casi siempre desean salir de la ciudad a recorrer el campo, menos atestado de basura, mugre y caos, que nuestra pequeña pero malograda metrópolis.
Hay algo, sí, en lo que difiero de mi amiga la profesora: ya, a estas alturas, no debemos sentir pena ajena sino pena nuestra, pena propia. Es decir, un profundo sentimiento de que lo que ocurre es, en gran parte, nuestra responsabilidad. De la pena ajena a la pena propia hay una gran diferencia de percepción. Ambas nos avergüenzan, pero la pena propia nos debería hacer ver la causa de nuestra incomodidad, no como quien pasaba por allí caminando y de repente se topó con ese escenario vergonzoso, sino como aquel que debe responder “presente”, cuando alguien pregunte por los responsables.
Por Mérida debemos sentir algo de perturbación, incomodidad, vergüenza tal vez. Pero no para sonrojarnos sino para buscar acciones.
Allí tenemos aún vivito y coleando el problema de la basura. Se evidencia en cada calle, cada avenida, cada esquina. Entendemos de las acciones y esfuerzos de la Alcaldía y de la Gobernación pero, como diría un abogado “a las pruebas me remito” y esas están a la vista y al olfato de quien se dé una vuelta breve por la ciudad.
El barrido de las calles del centro sólo alcanza el casco central. Las principales avenidas de la ciudad lucen sucias pero… ¡Hay más!: el monte que crece en las áreas verdes de avenidas como Los Próceres, Alberto Carnevali y Las Américas, es un verdadero símbolo de desidia.

Es por ello que más de uno afirma que el problema generado con la basura no es el único mal de nuestra ciudad sino que ese aspecto es una parte de un mosaico mayor, donde queda claramente dibujada la ineficiencia de la alcaldía y de la gobernación. Hay monte y culebra, paradas destruidas y sucias, paredes mugrosas y empapeladas, escombros, indigencia, avenidas a oscuras, parques y plazas maltrechas, falta de autoridad vial, postes caídos, mobiliario urbano en pésimas condiciones de mantenimiento, huecos, calles y avenidas sin demarcación, semáforos dañados. Por favor: ¡No digan que es sólo la basura! Es muchos más, es un olvido, una insensibilidad para con una ciudad pequeña, de seguro fácil de gobernar en términos estrictamente poblacionales y espaciales. Por favor, amigos del gobierno municipal y regional, de la alcaldía de Libertador y de la Gobernación: no digan que nuestro mal es sólo el de la basura porque cuando lo dicen, allí sí, lo que nos producen es pena ajena. / Foto: Cortesía Carlos Unhelms

domingo, 17 de noviembre de 2013

En el 2014… ¿Seguirá reinando la basura?



Una de las ciudades más importantes de Europa estuvo, durante casi dos semanas, viviendo en  cuerpo y alma lo que los merideños padecemos desde hace meses: la acumulación de basura en cada esquina, en cada calle, en cada  plaza, en cada rincón de la ciudad.
Me refiero a la crisis de salubridad que mantuvo a la  capital española, Madrid, a un paso de declararse en  emergencia sanitaria. Este domingo 17 de diciembre, tras largas deliberaciones, las autoridades del ayuntamiento madridista y los sindicatos en pugna por lograr mejoras laborales, llegaron a un  acuerdo  que ha permitido suponer la vuelta a la normalidad, esto es: una ciudad que destaca por su limpieza y pulcritud pese a ser una las más pobladas del viejo continente con más de 3 millones de habitantes  (cantidad que  asciende a más de 6 millones si se incluye la  zona metropolitana).
La pestilencia, la presencia de alimañas, roedores así como el mal aspecto y aversión que semejante escenario produce en cualquier ser humano, fueron la nota resaltante de Madrid estos días de noviembre y pese a que ya el problema haya sido conjurado, puso en relieve algunas claves importantes sobre la   trascendencia del servicio de aseo urbano y domiciliario en las ciudades modernas.
Un primer aspecto que resulta evidente a partir de la crisis de la basura sufrida en Madrid durante estas dos semanas es que una ciudad -  sobre toda una de las proporciones de la capital de España - necesita de un servicio permanente y, digamos, profesional, de limpieza y recolección de desechos. Es decir, más allá de la conciencia cívica que los ciudadanos puedan manifestar llegará un momento en el cual se hará inviable la autorregulación de la producción de los desperdicios que diariamente genera la dinámica de la vida moderna, por lo que será impostergable la activación inmediata de los servicios de limpieza, so pena de terminar enterrados, literalmente, bajo la inmundicia.
Lo segundo es que los seres humanos, dados nuestros  hábitos de consumo actuales, somos verdaderas máquinas de producir desechos y que la huella que dejamos sobre el territorio, en cuanto a impacto ambiental, es proporcional al consumo y poder adquisitivo de los habitantes.
La crisis española demostró que pese a la vital necesidad de mantener la limpieza, la decisiones políticas, la gerencia, la gestión pública, juegan un papel  muy destacado en el camino de atender con urgencia este tipo de situaciones que puede golpear a cualquier ciudad y que la coloca contra las cuerdas en cuanto a su viabilidad como espacio para la vida. O sea: las crisis con la basura no son hechos anecdóticos sino verdaderas situaciones límites que deben ser atendidas. La clase política de Madrid lo comprendió a tiempo.
Ahora bien ¿Qué podemos tomar los merideños, Mérida como ciudad, de este ejemplo reciente de atención a una crisis generada por la basura, en este caso más allá de la inmensidad del océano Atlántico?
Parece claro que en nuestra ciudad el problema sigue campante, con la basura aún como dueña y señora de los espacios públicos.
Como los hábitos de consumo siguen siendo poco amables con el ambiente y como es imposible suponer una conciencia ciudadana que mitigue el impacto del mal servicio (asunto que de conseguirse sería a muy largo plazo) no queda otra opción que la acción decidida en el campo  de las decisiones políticas y de los entes de gobierno.

A las autoridades – sobre todo a las que asuman  la alcaldía de Libertador – les toca decidir en estas semanas si recibimos el 2014 con el rostro limpio o si las bolsas negras llenas de desechos sustituirán a las personas como los nuevos ciudadanos que caminan como si nada por las aceras. 

domingo, 20 de octubre de 2013

Mérida: 10 metas y muchos obstáculos





Hace unos días me referí en este espacio al problema que genera nuestra cultural inclinación a dar respuesta a los problemas mediante los famosos operativos. Concluimos con el hecho de que si bien los operativos están casi que “genéticamente” metidos en nuestra forma de  atender los problemas  que  nos  coloca la vida en ciudad, tal práctica nunca será mejor que la de organizar la actividad urbana  en función de la regularidad de las respuestas, no en el acto coyuntural, efímero y,  por lo mismo, poco efectivo de nuestros operativos.
Haciendo una lista breve de diez puntos, sobre cuáles son las áreas en las que suele emplearse la energía puntual de los operativos, nos conseguimos que básicamente se  refieren a limpieza y ornato. Hay otras áreas pero  esas son las más atendidas si a alguna autoridad le piden “hacer  algo por la ciudad”.  Es obvio que una escoba, una pala y una brocha obran milagros.
Siendo así, cualquier gobernante tendría que hacer espacio  en su agenda de trabajo para atender los siguientes diez puntos de acción gubernamental en pro de la ciudad: jardinería y poda, recuperación de fachadas, mantenimiento del mobiliario urbano, demarcación vial, iluminación pública, mejoras en la movilidad (vial y peatonal), plan de asfaltado o mantenimiento de calles y avenidas, atención a la ocupación de espacios públicos (vendedores informales, taxistas, motorizados) y mejoras en la seguridad pública.
Lo anterior es, para decirlo claramente, lo elemental, lo básico, lo obvio que deben hacer las autoridades municipales. Si a ver vamos, la atención a la salud, deportes, vivienda, gestión del riesgos, acceso a bienes, actividades culturales y recreativas, promoción de las artes, planes de desarrollo urbano, incentivo a la producción, desarrollo de servicios turísticos, atención a la ciencia y la tecnología, aumento y mejoras de las edificaciones escolares, todo  eso puede ser reclamado por la comunidad como necesidades urgentes y ¿Quién dice que no sea así?
Pero volvamos a lo obvio: esos asuntos que suelen atenderse cuando  hay que dar la impresión de que desde las oficinas de gobierno  se  hace algo… O sea la escoba, la  pala  y la brocha.
Aún con lo básico, cada acto de acción  debe tener en cuenta varios obstáculos que de no ser atendidos pueden echar por la borda incluso la más humilde de las acciones de atención, como puede ser barrer una  calle.
La lista de obstáculos supera con creces la de las acciones que deben emprenderse. Podemos mencionar, sólo para precisar a los enemigos claves de la gestión a: la poca o nula planificación, la falta de continuidad, la mala gestión de los recursos, la corrupción, el conformismo, la ineficiencia, la poca acción para concertar esfuerzos y voluntades.
Es decir, cada acción que se decida hacer para bien de la ciudad,  debe toparse con un ejército de obstáculos cuya misión siempre ha sido la de impedir que se concrete el acto de mejora urbana.
Quiere decir que las autoridades que llevan el control  del gobierno de la ciudad (sobre todo  aquellos  que desean ocuparse de la cosa pública) deben no sólo hacer su lista de acciones sino, a la par,  identificar en  el camino los obstáculos que sobrevendrán. Tal vez así podamos, por lo menos, sacar la escoba y hacerlo  bien.

domingo, 13 de octubre de 2013

Operativos adictivos


Una noticia que sería casi imposible leer en la prensa o en cualquier sitio de Internet – porque es muy poco probable que suceda – es la siguiente: “Realizado operativo de limpieza en las calles de Montreal”. En esa regularmente fría urbe de Canadá, no se hacen operativos para recoger la basura porque, sencillamente, no se necesitan. Y no se necesitan los operativos porque de forma regular, periódica, constante, sostenida y planificada, se limpian a diario las calles de la ciudad. No en balde Montreal aparece muy frecuentemente en las listas de ciudades impecables del mundo.
Lo anterior no quiere decir que nuestros muy tradicionales operativos de limpieza, de recuperación de espacios públicos, de pago de impuestos, de arreglo de las calles, de dotación de hospitales, de vacunación, de cedulación, de entrega de becas, de inscripción en el seguro social, de venta de cemento o de expendio de alimentos, sean malos en sí mismo. Si  a  ver  vamos los operativos nos suelen sacar en más de una  ocasión, y como  decimos en criollo, “las patas del  barro”. Bendito sea, pues, el operativo  y bienaventurados los llamados a aprovecharlo.
Lo que ocurre es que el operativo es el signo de algo. O, mejor, el síntoma de que algo ocurre. Por ejemplo, el operativo de venta de gasolina indica, claramente, que el sistema regular de combustible no está siendo suficiente como para garantizar combustible a todos. Las razones de que esto sea así no las vamos a tratar aquí pero es obvio  que cuando se oferta  un operativo es porque, conscientemente, los responsables de un bien o servicio saben que la regularidad ha  sido trastocada por algún  factor.  Y eso  es un problema que, dependiendo  del momento, puede ser más o menos intenso.
Por  ejemplo, la falta de alcaparras en un momento  del año puede ser un problema de poca monta  pero  en  las semanas previas  a la Navidad este artículo, su   ausencia, puede convertirse  en  un dolor de cabeza para los consumidores y  expendedores si la oferta del producto  es poca. Tendrá que recurrirse a  algún operativo  de venta de alcaparras. Algunos  sonreirán pero,  de  seguro, no todos ya que el operativo  es y será siempre limitado, reactivo, ocasional, construido sobre una estructura temporal. Como el circo que llega a la ciudad y luego de las sonrisas y las maravillas, se va.
Es por ello que el operativo no debería ser más que un anecdótico momento, erigido a partir de situaciones ajenas a la regularidad de las acciones de gobierno. Es decir, es totalmente comprensible que se haga un operativo de cedulación en una comunidad remota de la frontera, ya que precisamente la regularidad del servicio no está presente en esa población.
Ahora bien, limpiar las calles de la ciudad, pintar aquí, recoger la basura allá, mediante operativos, indica que hemos fallado (todos, gobierno y comunidad) en la constancia. Que el operativo es el último recurso para enmendar lo que no pudimos hacer de forma planificada.

En esta línea, casi que debemos aplaudir gozosos que al menos se haga un operativo de limpieza en el  centro ya  que sin esa herramienta ocasional la cosa estuviese peor. Pero cuesta aplaudir porque ese modesto  acceso al bienestar común, a una mejor calidad de vida,  es el signo de problemas de gobierno, de participación, de inversiones, de consciencia, cuya solución seria llevará años cambiar. Somos adictos a los operativos porque en décadas no hemos logrado construir una  forma firme y seria de atender nuestros humanos asuntos. Y cómo sociedad adicta al operativo, dejarlos será toda una proeza de constancia y esfuerzo.

domingo, 29 de septiembre de 2013

Una ciudad para el turismo



Este domingo 29 de septiembre escuché con mucha atención la entrevista que ofreció, a manera de programa especial, el Ministro  de Turismo, Andrés Izarra, quien estuvo en Mérida dando el banderazo inicial  de lo  que será la Feria Internacional de Turismo de Venezuela (Fitven) que este año ha tomado a Mérida como su sede. Pueden enterarse de los detalles de Fitven  en la página Web: www.fitven.gob.ve
Varios fueron los anuncios interesantes que hizo el ministro, así como variados fueron los temas abordados, a partir de las preguntas que se encargara de realizar el periodista José Miguel Monagas, quien fue el responsable de conducir la entrevista especial.
Uno de los puntos centrales, en lo que a nuestra visión respecta,  tenía que ver con saber si en boca de tan alto funcionario podíamos encontrar una definición, clara  y definida, de lo que se anuncia será una política coherente y sostenible para Mérida, en lo que respecta al turismo  como área no  sólo de proyección económica  sino social, incluso humana.
En este  contexto, valga el título de la columna de hoy de “una ciudad para el turismo”, es decir, responder a la inquietud de si es posible  convertir a la ciudad de Mérida, su  configuración urbana, su  propósito como urbe, sus  proyectos  y acciones actuales y futuras, en  actos  que vayan en pro de la consolidación del turismo. ¿Es posible? Depende de varios  factores.
Uno de esos elementos es reconocer que no es el turismo una parcela reducida a la acción gubernamental, como  algunas veces hemos  escuchado de parte de algunos funcionarios.
En ese sentido me pareció bastante oportuna la declaración de Izarra en el sentido de – palabras más, palabras menos – “lograr avanzar en la participación de todos los sectores ya que el turismo no es sólo una responsabilidad del gobierno”. Izarra explicó que el sector privado está llamado en ser protagonistas en un nuevo esquema que devuelva a Mérida el sitial de ser uno de los dos   destinos  más importantes del país, junto con Nueva Esparta.
Por lo anterior, entonces tenemos  una pieza importante: al menos una aceptación oficial  del vital rol  del sector privado (y no me refiere sólo a grandes empresarios sino  a artesanos, pequeños y  medianos comerciantes, pequeña y mediana industria, cooperativas, entre otros).
Otro aspecto tiene  que ver con, allí sí, las inversiones que desde el Estado  se agilicen para consolidar un mínimo de calidad en cuanto a los servicios públicos. Nuevamente  Izarra estuvo de acuerdo en que la  limpieza y otros factores asociados  a brindar una ciudad  atractiva, pasan por lograr estabilidad en este  tipo de responsabilidades de  los entes  públicos.
La  seguridad también estuvo en el verbo del Ministro. Considera que la Policía Turística  y otras acciones  enmarcadas en   las responsabilidades gubernamentales pueden  mejorar las cifras delictivas  en Mérida, en este  caso para bien de consolidar una percepción en los turistas que lleve a seleccionar la  alternativa turística Mérida a partir de este factor.

Izarra  habló  de grandes inversiones (sobre todo desde empresas chinas) que seguirá  promoviendo  el gobierno nacional en cuanto a infraestructura aérea (en  la cual  se ha avanzado) en cuanto a terminar el Teleférico, en cuanto al ornato y mejoramiento de los espacios públicos. En una palabra, Izarra cree que sí podemos tener una ciudad para el turismo y por ende, un tipo de turismo, que le de la mano amiga a la ciudad.

domingo, 21 de julio de 2013

Deudas de cemento





El Centro de Convenciones Mucumbarila es una estructura fundamental para el desarrollo de la actividad turística del estado Mérida y especialmente de su ciudad capital. Creo haber escuchado de casi todas las autoridades que han estado al frente del Ejecutivo regional hablar con vehemencia sobre el valor estratégico que tiene para Mérida contar con un edificio de las características del Centro de Convenciones.  Dicho en una frase: el Centro de Convenciones es fundamental.
Extraña por lo tanto que aún siendo reconocido como un espacio de interés colectivo, hasta ahora haya sido imposible lograr de alguna de las administraciones (pasadas y presentes) los recursos suficientes que permitan terminar esta obra.
A veces da la impresión de que nos conformamos con un Centro de Convenciones a media máquina, medio hecho. No debe ser así: Mérida se merece un Centro de Convenciones 100 por ciento operativo. No le demos más vueltas al asunto.

jueves, 9 de mayo de 2013

Pasó el 30 y no alzamos vuelo





No me alegro de los negativos pronósticos lanzados entre burlas por un conocido mío, poco dado, debo decirlo,  a reconocer  - cuando es menester hacerlo - las acciones acertadas del gobierno  local, regional o nacional. Este amigo me había retado a apostar que llegado el 30 de abril ni un solo avión comercial surcaría los cielos de la ciudad de Mérida. Por suerte no aposté.
Llegó el 30 de abril y, ciertamente, ni un solo avión comercial (fuese de Conviasa, Avior, Santa Bárbara, Láser, Aeropostal o cualquier otra línea) ha entrado o salido del aeropuerto Alberto Carnevali, que sirve a la ciudad de Mérida.
Para los que no estaban enterados, debemos recordar que fue promesa del actual gobierno, más específicamente del para hace poco candidato Nicolás Maduro, que, textualmente “antes del 30 de abril reabran las operaciones de vuelos comerciales desde el aeropuerto de Mérida”.
El mandato fue tomado por el actual gobernador de Mérida Alexis Rodríguez en muy buen tono y, hay que decirlo, se efectuaron  reuniones bien concretas y que, para los optimistas sin remedio como yo, todo eso indicaba claramente que esta vez se  reabrirían las operaciones. Pero ya vimos que la fecha pasó y no se escuchó ni el aleteo de algún águila o zamuro por sobre la pista del literalmente alicaído aeródromo local.
Por supuesto que hay merideños que no son amigos de que el aeropuerto de la ciudad reabra. Temen que éste sea una bomba de tiempo y que en cualquier momento una aeronave se precipite sobre algún sector de la ciudad, merced de las incómodas condiciones de maniobrabilidad que ofrece nuestro aeropuerto.
Esas preocupaciones deben ser respetadas pero – es una especulación mía – creo que es mayoría el sector de los merideños que consideran que el historial de nuestro aeropuerto es un indicativo de que sí es posible su operación y que la tecnología y unas correctas supervisiones deben ser suficientes como suponer que el riesgo de operación es menor que los beneficios globales que puede generar esta terminal para la ciudad de Mérida.
En lo que respecta a la promesa incumplida, de abrir antes del 30 de abril, también es justo decir que las autoridades nacionales vinculadas al tema aéreo (Inac, por ejemplo) dejaron en claro que las operaciones se reabrirían siempre y cuando se cumplieran todos los protocolos de seguridad, máxime en una terminal sensible como la nuestra, que viene de ser testigo no culpable de la tragedia del vuelo 518 de Santa Bárbara Airlines, ocurrida en febrero de 2008. Por lo tanto, debemos suponer que algún elemento operativo de seguridad no ha estado aún certificado o que las aerolíneas no han tenido el tiempo suficiente para establecer las pautas administrativas que implicaría una reapertura de actividades comerciales.
Sea lo que sea, lamento que por presiones electorales se haya lanzado una promesa que tal vez era imposible cumplir en los lapsos señalados. Optimista a fin de cuentas, y más pensando en el beneficio de Mérida que en cualquier otra cosa (sobre todo para nuestro malogrado sector turístico) apuesto a que en los próximos días sí se activen los vuelos comerciales y que la prevención aérea y la seguridad nos guíen por buen camino o, mejor, por buenos aires.

domingo, 18 de marzo de 2012

Agua que no has de beber…

Lo malo de un año electoral, donde el agujero negro de las elecciones presidenciales de octubre parece chuparse todo lo que gravite en su entorno, es que es casi imposible dar una opinión libre de dedos acusadores que surgen a tu alrededor, desde los distintos bandos en pugna política.

La cosa llega a tal punto que un asunto tan trivial como decidir si es más sabroso el mantecado o el chocolate puede ser observado por el rabillo del ojo entre comentarios y voces bajas que terminan sentenciando la elección o bien por “apátrida y vendida al imperio” o bien por “comunista y antidemocrática”.

De allí que no es de extrañar que un tema más visible y de importancia capital para el ambiente, la salud y el desarrollo, como es el referido a la contaminación por derrames petroleros - o de otras sustancias – no haya podido zafarse por estos días de la controversia entre oficialistas y opositores que llevan el tema a un punto tal de banalización, que desaprovecha la discusión y el debate para llegar a posibles conclusiones con las que, de seguro, pudiéramos tomar algunas decisiones de provecho.

El tema sobre los efectos de las operaciones petroleras sobre el entorno natural se destapó el 4 de febrero con la ruptura de una tubería que durante 20 horas esparció crudo sobre el río Guarapiche, en el estado de Monagas, accidente que según los medios dejó sin agua corriente a cerca de un millón de personas, sobre todo a los de la capital de ese estado oriental, la ciudad de Maturín.

Poco después el río Guanipa, en el vecino estado Anzoátegui, fue escenario de otro derrame que el ministro de Petróleo y Minería, Rafael Ramírez, advirtió que pudo ser "provocado".

Situaciones de derrame en el río Catatumbo, en el estado Zulia y en otros puntos del sur del lago de Maracaibo, llevaron a Pdvsa a activar nuevos planes de acción y contingencia.

Lo que hubiese sido una ocasión para centrarnos en el tema ambiental y establecer responsabilidades pero también orientaciones ciudadanas sobre el cuidado, protección y uso prudente del recurso agua, devino en un triste espectáculo de acusaciones de todo calibre que han tenido en la expulsión de las filas del Psuv del gobernador del estado Monagas, José Gregorio Briceño, su punto más candente, tanto que el propio Presidente Hugo Chávez, con todo y su enfermedad, no ha dudado en poner sobre el tapete la “traición” del referido gobernador quien, vaya usted a saber, es señalado de usar el tema del agua para afectar la solidez de las filas del Psuv e intentar torpedear la gestión de gobierno.

Por supuesto que salta a la vista el oportunismo de algunas figuras emblemáticas de la oposición quienes, en una inocultable acción mediática al unísono, han denunciado problemas en el manejo de Pdvsa y la presunta incapacidad gubernamental para resolver los derrames en estados donde la oposición gobierna.

Tras el severo contratiempo sufrido en la central nuclear de Fukushima (luego del tsunami provocado por el terremoto de marzo de 2011, al norte de Japón) una encuesta publicada en ese país ayer domingo reveló que “cuatro de cinco japoneses desea que el país inicie el proceso de abandono de la energía nuclear para dejarla completamente”. Los japoneses han debatido el tema abiertamente – incluso desde la perspectiva política – y parecen tener algunas posiciones a partir de una información técnica sobre lo acontecido.

En nuestro caso… ¿Dónde está la información técnica?...Esa que habla de litros de petróleo derramado, de área afectada, de procedimientos a utilizar para la limpieza, del número de especies animales en peligro, de la real calidad del agua… Lo que vemos y escuchamos son frases que para el ciudadano no tienen mayor relevancia: “sabotaje”, “campaña mediática”, “traidores”, por un lado e “incapaces”, “falsos”, “mentirosos”, por el otro. No sé hasta qué punto estará contaminada realmente el agua que bebemos. De lo que si no tengo duda es de la contaminación politiquera de los temas fundamentales para los venezolanos. Esa sí es agua que no has de beber.

domingo, 26 de febrero de 2012

Números para una mejor gestión


NOTA: Este material es parte de mi columna semanal Nada por sentado publicada todos los lunes por el Diario de Los Andes: www.diariodelosandes.com.

Una anécdota ilustra el “valor” que algunos funcionarios públicos le suelen dar a la estadística como elemento científico que guía la gestión pública.

Corría el año 2005 y me encontraba realizando una investigación para una edición especial del Diario de Los Andes sobre “La Mérida que queremos”. Se refería este trabajo a la visión que el estado Mérida tenía con respecto a su futuro y dónde poner el acento del desarrollo.

Tuve que entrevistar a buena parte de los alcaldes merideños. En esa labor periodística me sorprendió mucho que ante una pregunta elemental, varios de esos alcaldes no supieran la respuesta. ¿Cuál era la pregunta?...Sencilla: ¿Cuántos habitantes tiene su municipio? Esa misma: no preguntábamos sobre el promedio de peso de los niños varones en edad escolar, o el caudal promedio anual del río más cercano. Sólo queríamos saber ¿Cuántos habitantes tiene su municipio?

Comparo esa negligente falta de información con lo mismo que pudiera ocurrir en un hogar. Si yo no sé cuantas personas viven en mi apartamento (asunto obviamente improbable) tendría problemas al calcular la comida necesaria para el almuerzo. Para invitar a unos familiares a pasar unas vacaciones en casa, necesito saber si tengo cuartos desocupados y para ello debo saber cuántos somos en casa. Luce elemental pero es lo mismo para quien debe buscarle respuestas a su municipio: si la autoridad no sabe cuántas personas habitan el espacio que regenta (dato crucial) es poco probable que sepa otros asuntos igualmente vitales para la gestión pública como, por ejemplo, dónde se ubican estas personas, qué piensan sobre los servicios, cuáles son las verdaderas prioridades.

No cabe duda que el uso de los recursos – pocos o muchos – que maneje el municipio, dependerá de saber los datos de población y otros asuntos derivados de esas estadísticas como cuántos jóvenes pueblan un sector determinado, referencia básica para saber si debo o no construir, por ejemplo, una cancha deportiva.

En realidad el desprecio hacia la estadística seria es un mal casi ancestral en muchos órganos de gobierno. Esta ausencia de referencias exactas parece ser parte de nuestro sello cultural. Incluso cuando damos una dirección a un amigo, mostramos parte de esa forma un tanto folklórica de entender el valor de los números. “Más o menos” es una frase típicamente venezolana. ¿Es lejos o es cerca?, pregunta alguien…Y otro responde: “Más o menos cerca”. Por suerte solemos entendernos en esa dimensión informal.

Sin embargo, las políticas públicas son un tema serio porque están soportadas en decisiones que implican uso de presupuesto, casi siempre restringido.

Un buen alcalde debe llegar a su despacho y poner los números en orden y si no existen, debe ordenar su levantamiento. Sólo con esa información se puede orientar una acción de gobierno alejada de la especulación, la improvisación y el informalismo gerencial.

Viene a cuento esta reflexión porque recién el Instituto Nacional de Estadística (INE) acaba de anunciar las cifras globales del pasado censo de población y vivienda. Según el organismo, somos

27.150.095 habitantes, de acuerdo con los resultados preliminares del XIV Censo Nacional de Población y Vivienda realizado en el país.

La cifra representa una tasa anual de crecimiento de 1,6% con respecto al censo de 2001 y que de ese total de venezolanos, 50,3% son mujeres y 49,9% son hombres.

Más adelante – a finales de 2012 - el INE ha prometido dar las cifras por estado y municipio. Será un momento fundamental para que los gobiernos locales tomen nota y ajusten sus números y con ello, precisen mejor la gestión pública.