Difiero de aquellos que piensan que el
problema de Mérida, en esta hora menguada que vive la ciudad, está limitado a
la recolección de desechos sólidos. Más claro aún: no es el presente un
problema de recoger o no la basura.
Los desechos amontonados y regados por
aceras, calles, plazas, avenidas, esquinas y rincones, no son otra cosa que la
punta del iceberg de un problema que no sólo revela la incompetencia de las
autoridades políticas de la ciudad (el alcalde y los concejales) sino que
también devela la inmisericorde actitud anticiudadana de muchos de los que
habitamos esta pedazo de los andes.
Lo anterior no es un intento por minimizar
la gravedad del problema de recolección. Si usted deja un día a la ciudad de
Mérida sin servicio de recolección de desechos, al final de ese día se habrán
sumado en los pipotes, toneles, cestas y contenedores 150 mil kilos de basura.
¿Se acuerda usted de aquellos aviones grandes de Avensa y Servivensa que
aterrizaban en Mérida en tiempos mejores para el aeropuerto? Esos aparatos
pesaban 80 mil kilos cada uno (es decir 80 toneladas). Pues bien, cada día los
que habitamos la ciudad generamos con nuestras actividades el equivalente en
peso a dos de esas enormes aeronaves. No hay que ser pues un Albert Einstein e
inventar una ecuación especial para saber que en poco más de una semana hay la
impresionante cifra de un millón y medio de kilos de basura varados en nuestra
cotidianidad.
Así pues, recoger la basura es un tema
prioritario pero, insisto, no es más que la expresión de otros asuntos previos
no resueltos.
Por ejemplo, ayer domingo recorrí la calle
26, Campo Elías, y más allá de la basura acumulada en bolsas, era evidente que
la otra basura, la del papelito, el vaso de plástico, la servilleta, el
envoltorio de la chuchería, las colillas de cigarrillos, los periódicos viejos,
las botellas y bolsas plásticas, competían en importancia con el problema, hijo
de la no recolección. Había tanta basura regada – evidencia de ciudadanos
inconscientes – como basura almacenada en la frustrante espera de un camión que
la recogiera.
Recordemos una cosa: cuando salimos de
viaje y visitamos algunos de esos países que algunos llaman desarrollados, de
seguro la impresión que nos acompañará siempre será la de haber estado en un
lugar limpio, aseado, ordenado, pulcro. Humanamente eso nos impresiona.
Pero cuando llegamos a nuestra casa, la
ciudad de Mérida, algunos pasamos a “modo cerdo urbano” y pareciera que vamos
llenando nuestro entorno de basura ¿Para sentirnos a gusto?
Puede que se compren camiones y recojan
nuevamente la basura pero, de fondo, seguirá existiendo una colectiva
generación de desechos cuya única posibilidad de cura es que admitamos que cada
uno de nosotros puede ser el paño con el que Mérida se limpia la cara o bien,
la mancha que la desfigura.